Estado abierto
Hacia un nuevo paradigma social de democracia más plena
Mié, 15/11/2017 - 11:40

Durante el Congreso de Ciencia Política, el doctor Oscar Oszlak abordó el mecanismo que busca una relación de doble vía entre ciudadanía y Estado. La apertura de los gobiernos apunta a la transparencia, la rendición de cuentas y, fundamentalmente, la participación activa del ciudadano en las políticas públicas.
 

La calidad democrática fue uno de los ejes abordados en el Congreso de Ciencia Política organizado por el Instituto de Ciencias Sociales de la Universidad Nacional de Villa María (UNVM). Un nuevo paradigma social de democracia más plena es considerado el mecanismo de gobierno abierto que se sostiene en la relación entre el Estado y la ciudadanía a través de la aplicación de tecnologías de información.
 
El tema fue abordado por el doctor Oscar Oszlak, quien dirige la revista Estado Abierto, una propuesta que busca “exponer y discutir, desde una perspectiva histórico-estructural, los hitos fundamentales del proceso de formación estatal y la dinámica de sus vinculaciones con la sociedad”.
 
En diálogo con la Secretaría de Comunicación de la UNVM advirtió que en la medida que el Estado entrega información a la ciudadanía “está entregando poder”.
 
-¿Cómo se relacionan sus primeros estudios sobre la formación del Estado con los mecanismos de Estado abierto?
-Son temas totalmente diferentes que se corresponden con épocas en particular. Yo estudié la formación del Estado en una época en la que era muy difícil hacer investigación en Argentina. Empecé este proyecto durante el proceso militar y no era fácil trabajar en Ciencia Política en esos años de catacumbas. Me pareció que tenía que elegir un tema que no ofendiera la sensibilidad del gobierno militar a punto de ser reprimido. Decidí estudiar los procesos de formación del Estado en América Latina y particularmente en Argentina. La Formación del Estado Argentino fue el resultado de esta investigación y sirvió para contrarrestar el mensaje de la dictadura cuando ellos planteaban que achicar el Estado era agrandar la nación, yo planteé que construir el Estado fue agrandar la nación. De manera que tuvo un sentido político el trabajo, por más que en ese momento no se refiriera a temas que confrontaran abiertamente con la postura del gobierno. El tema gobierno abierto es una preocupación más reciente. Hace unos años acuñé el término Estado abierto, que no está totalmente definido, para referirme a la política que están siguiendo una serie de gobiernos en el mundo, todavía de manera muy incipiente, aprovechando los desarrollos de las tecnologías de la comunicación y la información que permiten una relación de doble vía entre ciudadanía y Estado y, por lo tanto, se basan en la apertura de los gobiernos a la ciudadanía, la transparencia, la rendición de cuentas, y la participación activa del ciudadano en las políticas públicas. Se trata de dos temas diferentes en los dos extremos de mi trayectoria personal, pero siempre con hilos conductores entre uno y otro tema.
 
-¿Existe una necesidad de participación por parte de los ciudadanos?
-No es que exista una necesidad, sino que es un derecho natural que tiene el ciudadano. Es un derecho humano. La administración de los asuntos de la comunidad está mediada por la intervención del Estado, de los gobiernos que son los que administran la sociedad. Lo que ocurre es que se plantea un dilema en el sentido de que nuestros mandatarios, aquellos que supuestamente representan la voluntad popular, lo hacen como agentes de la sociedad y nosotros somos los principales de esa relación con los mandatarios. Pasa que, a veces, se da vuelta y entonces los ciudadanos somos los administrados. El derecho administrativo habla de los administrados cuando, en realidad, somos los principales y no solamente tenemos el derecho sino que deberíamos tener el deber de participar en políticas públicas tanto como en la coproducción de bienes y servicios junto con el Estado. 
 
-¿Se puede asociar al concepto de democracia delegativa de Guillermo O’Donnell?
-Claro. Se puede asociar porque en ese concepto el ciudadano simplemente vota una vez cada tanto y delega todo el poder en el Estado, y el Poder Ejecutivo se convierte en el principal de los poderes. Hasta una nueva elección el ciudadano no tiene la opción de determinar si el mandato que le dio con el voto al gobierno refleja necesariamente sus intereses y los objetivos que supuestamente iba el gobierno a cumplir durante su mandato.
 
-Usted dijo en la conferencia que era optimista y al mismo tiempo pesimista sobre el Estado abierto. ¿Por qué?
-La filosofía de gestión que está detrás de la figura de gobierno abierto es buena porque implica reducir la asimetría de información que existe, inevitablemente, entre ciudadanía y Estado. En la medida que la tecnología permite la relación de doble vía, se abren las condiciones para que efectivamente pueda reducirse esa brecha informativa. Pasa que, por un lado la información es poder y los Estados no la entregan porque significa desprenderse de poder. Entonces son renuentes a abrir lo que Max Weber llamó la caja negra. El Estado es una caja negra y hoy se trata de convertirla en una caja de cristal en la que pueda verse lo que está haciendo. Pero en la otra punta, el ciudadano por más que desde sus valores tenga una predisposición a la participación en la práctica no lo hace. Es muy difícil que el ciudadano se involucre en la cosa pública por miles de razones. Hay una cierta desilusión con la política y por lo tanto no hay una fuerte motivación. Entonces un Estado renuente a abrir la  información y un ciudadano renuente a participar me hacen ver el lado pesimista de esta ecuación.
 
-Antes usted hablaba de la dictadura. Durante esos años desarrolló una investigación que derivó en el libro “Merecer la Ciudad” que acaba de ser reeditado…
-Ese libro tenía un grado de compromiso mayor con los valores de la democracia y la crítica al autoritarismo. Esa investigación refleja cuál fue la política de redistribución espacial de los sectores populares urbanos durante la dictadura. Estudié allí una serie de casos, por un lado la erradicación de las villas en la ciudad de Buenos Aires, el desamparo a los inquilinos con la derogación de una Ley que venía de los años ’40, las expropiaciones para construir autopistas urbanas en un proyecto faraónico que implicaba nueve autopistas y terminaron construyéndose dos y, por otro lado, la erradicación industrial que implicó el desplazamiento de los obreros. Todas estas políticas apuntaban a echar a los pobres de la ciudad y definen el pensamiento ideológico de la dictadura sobre los pobres urbanos.

 


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